Han pasado cinco años desde la primera vez que te vi. Creo que nunca podré olvidar aquel día. Estaba lloviendo, aunque no hacía mucho frío. Yo estaba a punto de cruzar la avenida principal, me dirigía a la parada de autobús en la que tú ya estabas esperando a que llegase el cinco, protegiéndote de las inclemencias del tiempo con un enorme paraguas rojo.
En el momento en el que el semáforo se puso verde, crucé. No podía dejar de mirarte. Y no tenía ningún problema en hacerlo con todo el descaro del mundo, ya que tú estabas sumergido en una edición antigua de Otelo. Me quedé de pie a tu lado, y dije: -¡Buenos días! En parte, porque me pareció que era lo educado en esa situación, y en parte, porque esperaba que levantases tus ojos de Shakespeare y, quizás, me deleitaras con una sonrisa.
Cuando, de repente, te desmayaste. Tu libro fue lo primero en golpear el suelo; tu paraguas emprendió un vuelo que, creo, fue a parar a la cabeza de un hombre que empezó a gritar. A continuación tus rodillas emitieron un terrible sonido al golpearse con la acera.
Como un reflejo de supervivencia, estiraste el brazo, y tu mano izquierda se agarró con fuerza a mi brazo derecho, dándome tiempo suficiente para poner mi brazo izquierdo detrás de tu cabeza para que no te la golpearas. Fue entonces cuando tuve la posibilidad de ver la profundidad de tus ojos azules, que me pedían a gritos que te ayudara, que yo era tu única oportunidad. Intenté decirte que todo iba a salir bien, pero ya era demasiado tarde, ya habías perdido la consciencia.
Desde ese día, "no puedo vivir sin ti" es lo primero que me dices cada vez que nos vemos. Desde ese día... yo tampoco puedo vivir sin ti.
En el momento en el que el semáforo se puso verde, crucé. No podía dejar de mirarte. Y no tenía ningún problema en hacerlo con todo el descaro del mundo, ya que tú estabas sumergido en una edición antigua de Otelo. Me quedé de pie a tu lado, y dije: -¡Buenos días! En parte, porque me pareció que era lo educado en esa situación, y en parte, porque esperaba que levantases tus ojos de Shakespeare y, quizás, me deleitaras con una sonrisa.Cuando, de repente, te desmayaste. Tu libro fue lo primero en golpear el suelo; tu paraguas emprendió un vuelo que, creo, fue a parar a la cabeza de un hombre que empezó a gritar. A continuación tus rodillas emitieron un terrible sonido al golpearse con la acera.
Como un reflejo de supervivencia, estiraste el brazo, y tu mano izquierda se agarró con fuerza a mi brazo derecho, dándome tiempo suficiente para poner mi brazo izquierdo detrás de tu cabeza para que no te la golpearas. Fue entonces cuando tuve la posibilidad de ver la profundidad de tus ojos azules, que me pedían a gritos que te ayudara, que yo era tu única oportunidad. Intenté decirte que todo iba a salir bien, pero ya era demasiado tarde, ya habías perdido la consciencia.
Desde ese día, "no puedo vivir sin ti" es lo primero que me dices cada vez que nos vemos. Desde ese día... yo tampoco puedo vivir sin ti.

